
¿Te has sentido alguna vez más ligero al entrar en una habitación perfumada por el incienso? No es más que una barrita que arde, aunque su fuego no es dañino y su humo no es tóxico. Nos invita a meditar, nos hace viajar en el tiempo y nos recuerda que todo es efímero. Pero el significado del incienso trasciende el sentido del olfato y alcanza el oído. Porque es capaz de susurrarnos historias.
Mi nombre es Sei Shōnagon, de Jan Blensdorf, nos transporta a un lugar donde el incienso abre el alma. Es una historia sobre la identidad, el significado de la vida y la muerte, el dolor y el amor, que también expresa una crítica al modelo tradicional japonés y a la forma en que las presiones sociales pueden apagar al individuo hasta convertirlo en un ser atormentado y aislado.
La importancia de escuchar, el alma de la historia
«Aspirar el incienso con los ojos entrecerrados es dejarse invadir por otro mundo, un mundo infinitamente sutil, hecho de revelaciones. Es lo que los chinos fueron los primeros en llamar wenxiang: escuchar el incienso*».
En Omotesando hay una pequeña tienda de incienso donde el tiempo parece detenerse y transportarnos a una época lejana. En una habitación del primer piso, oculta tras un biombo, una mujer a la que llaman Sei Shōnagon da refugio a almas atormentadas por los pesares de la vida, los errores del pasado y la presión de las responsabilidades.
Ella escucha y habla sin juzgar. Transporta a sus interlocutores al pasado, buscando la belleza en lo efímero y lo pequeño, e intenta aliviar su carga a través de la conversación.
Pero nadie sabe quién es realmente ella. Tampoco las heridas que oculta bajo la piel o los sueños que persigue cuando no está en aquella habitación.
Solo un fotógrafo francés llamado Alain, que llega atraído por los jardines japoneses, conseguirá abrirse paso hasta su corazón y descubrirá que la flor más hermosa se ocultaba tras ese biombo.
Un presente afilado por el pasado
«¿Pensaba yo también que si podía recrear un mundo familiar en la página escrita, eso serviría para que mi propia vida volviera a tener sentido?».
La protagonista de esta novela nos va relatando su historia como si estuviéramos frente a una taza de té aún caliente y tuviéramos que dar pequeños sorbitos. La narración comienza en el presente, en la habitación de un hospital donde ella lo percibe todo aunque su cuerpo no sea capaz de responder a los estímulos. A partir de ese momento, sus recuerdos nos llevan a la tienda de Omotesando y a recorrer su pasado, uno lleno de heridas que ni el paso de los años han logrado sanar del todo.
Su madre fue la primera en llamarla Sei Shōnagon, cuando apenas contaba siete años y rellenaba diarios con historias y pensamientos felices para tratar de animarla. Su padre había fallecido, se habían mudado desde Estados Unidos a Japón y ahora convivían bajo el yugo de su tío, un hombre de alma tan fría como el acero de las espadas que tanto amaba.
Pero el silencio y la severidad no es lo peor que halló la protagonista en esa casa. La depresión que sufría su madre derivó en suicidio y solo los tutores que la educaban fueron capaces de liberarla de los abusos infligidos por su tío. Un hombre que seguirá manejando los hilos que controlan su vida, conduciéndola a un matrimonio abocado a la soledad y el desprecio y, al final, tratando de apagar el único rayo de luz que había logrado encontrar.
Solo en las últimas páginas descubriremos cómo y por qué ha terminado ella en esa habitación de hospital. Solo entonces el pasado alcanzará al presente y tendremos la ocasión de echar una ojeada a lo que el futuro tiene guardado para ella.
Mi nombre es Sei Shōnagon me ha parecido una novela bella y delicada, a veces triste, a veces esperanzadora, como las flores de cerezo. Un relato sobre las heridas que deja el pasado, que por mucho que cicatricen no desaparecen del todo y que, aun así, no tienen por qué apartarnos de la búsqueda de la felicidad.
Una crítica a la sociedad japonesa
«Hay que mirar a los ojos para conocer el dolor o la desgracia de otra persona. Y no es costumbre hacer eso. Aquí no. Es la máxima violación de la etiqueta».
Entre recuerdos y leyendas, entre conversaciones con desconocidos fatigados de vivir, la protagonista también nos habla de las ataduras de la sociedad japonesa y del modo en que algunas tradiciones se convierten en corsés que apagan la ilusión hasta en los individuos más alegres.
A través de la imagen que se forma de las personas con las que conversa, vemos cómo guardarse los sentimientos para uno mismo acaba por convertirse en una bomba de relojería que explota cuando menos lo esperas y deja daños colaterales en las personas más inocentes.
Jan Blendsdorf publicó Mi nombre es Sei Shōnagon a partir de la experiencia de vivir dos años en Tokio. Y en ese breve período de tiempo fue capaz de apartar los velos de una sociedad armónica y jerárquica para llegar a la verdad menos glamurosa y retratar el sufrimiento que rara vez aparece en las guías turísticas.
Dos Sei Shōnagon separadas por diez siglos
«A veces me pedía que hablara al estilo de entonces, como si yo también hubiera surgido de las páginas de los libros antiguos, ataviada con las prendas de la antigua nobleza, pasando las horas oculta detrás de abanicos y biombos, los sentidos perfectamente sintonizados con el mundo para ser capaz de descifrar un nombre en una pisada, un pensamiento en el roce de un abanico contra una persiana. Se me identificaba así con Sei Shōnagon».
Sei Shōnagon, el único nombre por el que conocemos a la protagonista, fue una escritora japonesa de la era Heian (794-1185 d.C.). Su obra Makura no Sōshi (El libro de la almohada) está considerada una de las más importantes de la literatura universal. Poco se sabe de su vida, salvo que fue dama de la corte imperial y que en su diario recogió los detalles de su vida, la cotidiana y la aristocrática, y sus pensamientos. También la filosofía de una cultura que, en muchos aspectos, apenas se ha transformado con el paso del tiempo, como la búsqueda de la belleza en lo natural y efímero, en lo imperfecto y mutable.

Nota: Es posible que Jan Blensdorf se confundiera de concepto. En la cultura china, la ceremonia del incienso recibe el nombre de xiangdao (y no wenxiang).

Deja una respuesta