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Mi visión, como lectora, escritora y viajera, del apasionante mundo japonés

Masako, de Kikou Yamata (reseña)

Novela Masako de Kikou Yamata

¿Cuántas páginas son necesarias para que una historia de amor nos conmueva y llegue al corazón? La respuesta más concisa es que no existe una cantidad exacta, porque tampoco el amor es una ciencia precisa. 

En Masako, Kikou Yamata consigue acariciarnos el alma en menos de noventa páginas. Un breve y bello relato que nos traslada al Tokio de comienzos de los años veinte, cuando muchos todavía consideraban que no había honor en el matrimonio por amor. Cuando las mujeres carecían de libertad para elegir su destino o perseguir los anhelos de su espíritu. 

Masako transcurre en un tiempo cambiante, donde la corriente más tradicional pugnaba con los nuevos vientos de modernidad que comenzaban a soplar en Japón. Es la historia de una joven que admira la belleza del mundo que la rodea y sueña con explorarlo de la mano de Naoyoshi, quien tendrá que demostrar hasta dónde está dispuesto a llegar por su amor. 

Un amor que atenta contra la rígida tradición, el alma de la historia

«Y vos, Masako, habéis olvidado todas nuestras conveniencias y nuestros ejemplos. Os habéis rebajado hasta el amor, y el matrimonio, en nuestro clan, es otra cosa. Esperamos aún encontrar para vos un hombre serio que os recordará vuestros deberes. A su lado viviréis la vida de una mujer de alta distinción».

Masako, una joven de clase noble, vive bajo el yugo de sus tías, dos mujeres ancladas en las agarrotadas tradiciones de un pasado feudal. La única manera de escapar de la jaula en la que vive es el matrimonio. Entre entrevistas que no fructifican y regalos que se van acumulando en el fondo de un baúl, Masako observa la belleza del mundo que la rodea y sueña con una unión que le permita descubrir lo que significa ser libre. Lo que significa vivir. 

Es una doncella inteligente y despierta, que ha tenido la oportunidad de estudiar en la escuela y aprecia la literatura. También ha sido educada en las artes clásicas de la ceremonia del té, el arreglo floral y el koto. Y, como no podía ser de otro modo dada su posición social, es una joven instruida para el matrimonio. 

Las lecciones que ha aprendido, sin embargo, chocan en su interior con el descubrimiento del amor. En una velada musical en casa de su tío, conoce a Naoyoshi, un hombre que no ha sido invitado por casualidad. Lo que podría haber sido un compromiso pactado al margen de su voluntad se acaba convirtiendo en la promesa de un futuro dichoso.

Naoko y Naoyoshi comienzan a intercambiar cartas, a citarse con carabinas y a pasear bajo la luz de la luna. Su compromiso parece firme. Hasta que sus tías descubren que el amor ha comenzado a florecer entre ellos y deciden romper el compromiso alegando una terrible afrenta: la deshonrosa falta en que ha caído Naoyoshi al tratar a Masako como si fuera una geisha y no su futura esposa.

Dos fuerzas opuestas conviven ahora en el pecho de Masako: el profundo sentimiento que ha desarrollado hacia Naoyoshi y el respeto al deber como mujer que le han inculcado desde pequeña. Mientras su amado, su tío y su padre se esfuerzan por reconducir la situación y torcer la voluntad de sus tías, Masako toma una decisión: Su destino será casarse con Naoyoshi, o permanecer sola el resto de sus días. 

La resolución final, no obstante, quedará en manos de los únicos capaces de hacer y deshacer a su antojo en aquella sociedad japonesa de principios de los años veinte: los hombres. 

«Igual que los tres monos esculpidos en el templo de Nikko, que tienen fuertemente cerrados los ojos, los oídos y las bocas, yo tenía que estar ciega, sorda y muda».

Una prosa poética donde cada pincelada conmueve

«¿Qué sería de mis ojos sin el amor? Estarían muertos, como estas blancas medusas que flotan en el mar».

Kikou Yamata plasma con delicadeza y precisión la atmósfera de Japón en Masako. No solo en la historia que nos narra, sino en la suave melodía que acompaña a sus palabras. Exalta la naturaleza y los detalles más pequeños a través de la mirada de Masako y su forma única de contemplar el mundo y de entender las emociones. Nos hace observar el paso de las estaciones, no por la transformación del paisaje, sino por los cambios que experimentan también las personas. 

El relato comienza en invierno, con la joven doncella observando la inmaculada nieve que reposa en el jardín y en la que se ve reflejada. Impasible, impoluta y pura, como ha de ser una mujer de bien. La primavera llega de la mano de Naoyoshi y, a la vez que las flores del jardín se abren, también lo hace su corazón. El verano termina de derretir la nieve de su alma, pero también sofoca la esperanza y su propio espíritu. Hasta que esos mismos rayos de sol la devuelven a la vida y apartan la tristeza de su corazón. 

Pero en esta pequeña novela encontramos también la sutileza de una pluma mitad nipona y mitad francesa. Kikou Yamata era hija de un diplomático japonés y tenía sangre francesa por parte de madre. Nació en Lyon, pasó parte de su infancia en Tokio y luego se mudó a París, donde fue capaz de introducir Japón y su cultura en las altas esferas sociales e intelectuales de Francia. 

Publicó Masako en París en 1925, cuando Antón Chéjov ya había escrito sobre la importancia de mostrar las escenas en lugar de contarlas, y eso es precisamente lo que encontramos en la escritura de Kikou Yamata.

«Mis ojos han descubierto tu rostro y tus gestos. Tus palabras han vuelto el horizonte luminoso como la costa dorada por una hermosa tarde, cuando las barcas repletas dejan tras sí largas estelas».

Masako es una obra de una delicadeza extrema, con palabras que flotan en el aire como pétalos de cerezo que no se atreven a molestar y que, sin embargo, causan una honda impresión. No hay dramatismo, a pesar de la profundidad de los sentimientos que se aprecian en cada frase. Tampoco hay duelos, ni luchas a muerte. Y, a pese a todo, somos capaces de sentir cada emoción a flor de piel.

Con Masako, Kikou Yamata consigue hacernos retroceder a un tiempo que suena más lejano de lo que es en realidad, una época de clanes y honor, de kimonos y tradiciones, que nos resulta más propia del shogunato Tokugawa que del Japón de los años veinte. 

¿Habías oído hablar de esta pequeña pero conmovedora novela?

Portada de la novela Masako, de Kikou Yamata

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