
Hay novelas que te dejan una extraña sensación cuando terminas de leerlas. No es una calidez en el pecho, como cuando lees feel-good o healing fiction y sientes que ha sanado una herida que ni siquiera sabías que tenías. Tampoco la intriga de saber cómo continúa la historia cuando la palabra fin en una aventura de fantasía épica te ha dejado con la miel en los labios.
Es una impresión difícil de explicar. Las páginas que has ido leyendo calaron en tu interior durante un breve lapso de tiempo y provocaron un cambio casi imperceptible. Algo ha sucedido, pero no sabes qué. Como el agua del río que va erosionando una piedra del cauce sin que esta sea apenas consciente.
Fue lo que sentí con De pronto oigo la voz del agua, de Hiromi Kawakami. Una novela breve, que leí en un par de tardes porque no podía soltarla y en la que, sin embargo, parece que no sucede nada.
El alma de la historia
Miyako y Ryo son dos hermanos entrados en la treintena que regresan a la casa familiar para iniciar una nueva etapa en sus vidas. Solteros y sin descendencia, los dos vuelven a convivir bajo el techo de su infancia y adolescencia. Un hogar que lleva diez años vacío y acumulando polvo, los mismos que han transcurrido desde que su madre falleció y su padre se mudó a un apartamento.
De pronto oigo la voz del agua nos ofrece un viaje en el tiempo a través de la memoria de Miyako. Una colección de recuerdos que reconstruyen su pasado y ayudan a comprender su presente, y en los que vamos conociendo cómo era la relación con sus padres y con su hermano Ryo.
Sin embargo, igual que el polvo se acumula sobre los objetos de una vivienda que ha pasado demasiado tiempo vacía, también lo hace sobre nuestros recuerdos. Y, al desempolvarlos, pueden aparecer secretos y heridas que determinan quiénes somos hoy.
El estilo
Narrada en primera persona, desde el punto de vista de Miyako, la novela tiene un aire introspectivo y nostálgico. Aunque no sigue un desarrollo lineal, y en la narración se van entremezclando los recuerdos de Miyako con el presente, o nos hace saltar de un pasado más reciente a otro más lejano, no resulta caótica o difícil de seguir. Lo hace, además, de un modo muy propio de los japoneses: con sutileza y de forma indirecta.
«A veces la nostalgia me devuelve a la memoria algunos buenos momentos del pasado».
Dentro de una trama en la que apenas suceden cosas y lo único que pasa es el tiempo y la vida, Hiromi Kawakami consigue cazarnos como si se tratara de una prestidigitadora presentando un truco de magia a los espectadores. Solo que, en lugar de cartas, utiliza los secretos para hacernos partícipes de un juego. Gracias a esa tensión, la de averiguar las respuestas a los interrogantes sobre su familia, su pluma nos arrastra de página a página hasta el final.
El amor como hilo conductor
Si bien De pronto oigo la voz del agua no es una novela romántica, sí se adentra en la exploración del amor en todas sus vertientes. El maternal, en la imagen que tenía Miyako de su madre y en como, incluso después de muerta, ella la sigue acompañando; el fraternal, en el vínculo con Ryo, que va atravesando diferentes estados desde la niñez hasta la edad adulta; la amistad, que no se percibe igual siendo joven y adulto.
«Querer a una persona y disfrutar del placer y del interés de convivir con ella a veces son cosas un poco distintas».
Y sí, también hay espacio para el amor entendido como un vínculo capaz de enlazar dos almas incluso bajo la más aciaga de las tormentas. Un sentimiento a veces inabarcable o indescifrable, que no todo el mundo define bajo unos mismos parámetros pues no es una ciencia exacta. Sin embargo, no debería decir más o corro el riesgo de desvelar el secreto que Miyako tanto se esfuerza en proteger durante su relato.
Una vida marcada por las tragedias
Kawakami desgrana en algunos capítulos cómo la II Guerra Mundial marcó las vidas de los padres de Miyako (cuyos nombres, por cierto, nunca llegamos a conocer; son mamá y papá todo el tiempo) y lo cerca que se quedó Ryo de ser una de las víctimas del ataque con gas sarín en el metro de Tokio (1995). Dos acontecimientos que tocaron tan de cerca a los personajes que a la fuerza trastocaron algo en su interior y tuvieron que reconstruirse a partir de las piezas que sobrevivieron.
Hay otro suceso que, aunque no entra en detalles, nada más que pequeños susurros y palabras que parecen pronunciadas de pasada, también los marcó. Lo hizo con toda la población japonesa. Hablo del terremoto y posterior tsunami de 2011, que desencadenó el accidente nuclear de Fukushima.
Influida en mayor o menor medida por este desastre (De pronto oigo la voz del agua se publicó en Japón en 2014), lo cierto es que es innegable que el agua forma parte indisoluble de la novela. Está en el título, en algunos pasajes de la historia que nos muestran la atracción de Miyako por el rumor del agua y también en la propia naturaleza del relato.
Una novela musical
Atrapar al lector a través de todos los sentidos es una de las premisas básicas de una buena novela. Además de ver lo que sucede, captar los ambientes a través del olfato, el gusto o el oído marca la diferencia: nos hace sentir dentro de la página.
Sin renunciar a otros sentidos, Hiromi Kawakami se vuelve una experta en los sonidos en esta novela. No solo en los momentos trascendentales, también en los instantes cotidianos hay un sonido. Una melodía que dibuja, en forma de nota musical, un camino hacia el secreto de los protagonistas: el tic-tac del reloj, el cri-cri-cri de las cigarras, el canto de un pájaro, el agua corriendo,…
¿Conocías esta novela de Hiromi Kawakami? ¡Cuéntame en comentarios qué te pareció!


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