
Un 6 de agosto de 1945, pasadas las ocho de la mañana, un destello de luz azul sorprendió a los habitantes de Hiroshima. Lo que sucedió después solo podemos conocerlo a través de las palabras escritas que lograron arrancar de sus almas destrozadas quienes sobrevivieron al lanzamiento de la primera bomba atómica.
Una de las primeras en hacerlo fue Yōko Ōta en Ciudad de cadáveres. Un testimonio desgarrador a la par que necesario, duro de leer incluso para quienes no podemos ni imaginar el horror que se vivió en Hiroshima. Y, al mismo tiempo, un relato en el que cada palabra por sí misma tiene belleza. Las expresiones de la autora son delicadas y sensibles, sin dejar de mostrarnos el dolor, el miedo y la muerte porque eligió no edulcorar el infierno del que fueron víctimas y testigos. Solo así se puede superar, recordar y no repetir.
Palabras que trascienden la muerte, el alma de la historia
«Escribí Ciudad de cadáveres entre agosto y noviembre de 1945, habitando entre la vida y la muerte, sin saber cuándo llegaría mi hora».
Yōko Ōta ya era una escritora consagrada cuando el fuego de la II Guerra Mundial llegó a Japón. Sin embargo, su carrera literaria no podría haberla preparado para plasmar por escrito lo que ocurrió en Hiroshima. Y, a pesar de todo, con los pocos medios de que disponía pues el papel y la tinta eran artículos de lujo entonces, algo dentro de ella la espoleó a escribir palabra tras palabra: el miedo a morir.
Ciudad de cadáveres nos muestra lo que vivió la autora aquella fatídica mañana del 6 de agosto. En una Hiroshima devastada e incapaz de comprender qué acababa de suceder, el silencio se extendió más rápido que el fuego y escocía más que las quemaduras y las heridas.
Nadie sabía qué había caído del cielo. No se parecía a las bombas que ya todos conocían, pero era mucho más letal. Se cree que cerca de 80.000 personas murieron en el acto o en las horas siguientes. Quienes resultaron ilesos, solo lo estaban en el exterior. Por dentro se rompieron en mil pedazos, como las casas que un día habían sido sus hogares.
En Ciudad de cadáveres, Yōko Ōta nos habla de la incomprensión, de los rostros mudos con los que se cruzaban, del desconcierto. Nadie acudió a evacuarlos, nadie les dijo qué hacer y, cuando la ayuda médica comenzó a llegar, ya era tarde para muchos.
Tras escapar del esqueleto deformado entre cuyas paredes dormía plácidamente unas horas antes, la escritora y su familia consiguieron llegar a la orilla del río sin más daño en sus cuerpos que unas pocas heridas superficiales. Allí pasaron tres días, cercados por los fuegos que seguían consumiendo la ciudad y abrasados durante el día por un sol empeñado en aumentar su padecimiento.
Los cadáveres se fueron acumulando, pero Ōta también fue testigo de cómo muchos seguían conservando la amabilidad y la generosidad. Quienes tenían algo de comida, la compartían; quienes tenían una muda de recambio, se la cedían a aquellos que habían visto arder incluso sus ropas.
En el pueblo al que lograron escapar después de aquellos días agónicos, donde todavía perduraban los recuerdos de su infancia, la solidaridad no fue comparable. Aquellos que solo habían visto la bomba atómica desde lejos y no conocían el infierno de las calles de Hiroshima miraban a las víctimas con desconfianza y miedo. Pero allí descubrieron otro horror: el síndrome de la bomba atómica.
Días y semanas después de que el proyectil arrasara una de las pocas ciudades que no habían sido profanadas por la guerra, personas aparentemente ilesas comenzaron a morir. Se extendió la creencia de que todos cuantos habían estado en Hiroshima aquel 6 de agosto perecerían. Y ese miedo consiguió que Yōko Ōta encontrara el ánimo y las palabras para escribir Ciudad de cadáveres.
«Me parece que no hay otro camino hacia la paz que el progreso sin destrucción. Esperemos que la derrota traiga la verdadera paz a Japón. Esta es la razón por la que escribo este libro en medio de tanto sufrimiento».
La obra de Ōta refleja la esperanza con que ella miraba hacia el futuro, del mismo modo que plasma de forma abierta y deliberada una crítica al militarismo japonés. Podría haber vertido todo su odio hacia Estados Unidos, responsables de la bomba atómica, pero la escritora busca responsabilizar también al gobierno nipón por llevar tan lejos el pulso bélico, por el afán imperialista que los había conducido a esa situación.
Una novela que no es del todo novela
—¿Cómo puedes fijarte tanto en los cadáveres? Yo no puedo ni mirarlos —me reprochó mi hermana.
—Los estoy mirando con ojos humanos y con ojos de escritora —le respondí.
—¿Vas a escribir sobre esto?
—En algún momento tendré que hacerlo. Es mi responsabilidad como escritora que ha presenciado todo esto.
En Ciudad de cadáveres, Yōko Ōta nos lega un testimonio de muerte y destrucción, pero también de supervivencia y esperanza en un futuro mejor para Japón. Es un relato autobiográfico en el que se deslizan las voces de quienes compartieron horror con ella, informes oficiales, artículos periodísticos y declaraciones médicas.
A día de hoy, nos resulta sencillo entender el formato de esta obra. Cuando se publicó —parcialmente censurada en 1948 y de forma íntegra, en 1950—, muchos en el mundo literario japonés no supieron cómo catalogarla.
No es tampoco un relato lineal. Comienza y termina en el pueblo al que escapó Ōta con su familia, para ir luego retrocediendo en el tiempo hasta aquella mañana del 6 de agosto. Incluso en los momentos en que describe cómo fueron las primeras horas tras la caída de la bomba atómica o las jornadas interminables a la vera del río, desliza recuerdos de un pasado más remoto, recortes de artículos de periódico que el van viniendo a la mente y testimonios de expertos que ayudan a entender de un modo científico qué ocurrió en Hiroshima.
Pero hay que entender las circunstancias en las que lo escribió.
«Mi espíritu ha quedado hecho un guiñapo. Los jirones de mi kimono no son nada en comparación. Mi espíritu no se puede coser ni remendar. La experiencia de pasar aquellos tres días en la orilla del río rodeada de tantos cadáveres ha dejado en mí una huella indeleble que no puede compararse con nada».
Hiroshima, ochenta y un años después
Aunque en las semanas posteriores a la bomba atómica se creyó que Hiroshima jamás podría recuperarse, que aquel lugar arrasado por la radiación no sería compatible con la vida, esa creencia errónea pronto fue desterrada.
Muchos consideraron que dejar la ciudad en aquel estado se convertiría en un homenaje a las miles de personas que habían muerto en una de las peores tragedias bélicas que ha visto el mundo. Yōko Ōta, sin embargo, nos plantea lo absurdo de ese pensamiento. ¿Cómo cicatrizar las heridas, cómo perdonar y seguir adelante, si el recuerdo en forma de esqueleto calcinado y retorcido continuaba delante?
Hiroshima renació de sus cenizas. Pero la devastación de la bomba atómica sigue visible en el Parque Memorial de la Paz. Allí, la Cúpula de la Bomba Atómica representa el único vestigio visible de aquel horror. Lo que en su día fue el Auditorio de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima, ahora son las ruinas calcinadas del edificio más próximo al epicentro de la explosión que se mantuvo en pie.
Un recordatorio de que cualquier guerra, por muchas florituras de dignidad nacional y odas de justificación que impongan los gobiernos que las encabezan, no es más que miseria, sufrimiento, destrucción y muerte. Nadie gana. Incluso quienes lo hacen, acaban perdiendo mucho. A menudo, ni siquiera la humanidad interior sobrevive.
«En mi cabeza no deja de dar vueltas una idea perversa: que los que tiraron la bomba atómica sobre nuestras cabezas no fueron solamente los americanos, sino también los militares que gobernaban nuestro país».


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