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Mi visión, como lectora, escritora y viajera, del apasionante mundo japonés

Primer amor, de Banana Yoshimoto (reseña)

Fotografía del libro Primer amor, de Banana Yoshimoto

¿Recuerdas tu primer amor? Dicen que es algo que nunca se olvida. Tanto si fue correspondido como si no, efímero o prolongado, es una experiencia en la que todavía está impregnado el sabor a nuevo, el perfume del descubrimiento, el primer contacto con las complicaciones de la vida adulta. 

Resulta una explosión emocional tan compleja como la propia adolescencia, esa fase en la que ni nos entendemos a nosotros mismos ni al mundo que nos rodea. 

Primer amor, de Banana Yoshimoto, nos vuelve a poner en contacto con esa etapa a través de la mirada de Yuko, una joven con una particular visión de la realidad que trata de comprender sus emociones y el alcance del amor.

El alma de la novela

Yuko Izuka tiene catorce años, pero no encaja en los estándares de su edad. Ya siendo pequeña decía que no entendía a los niños de su edad, y a los ojos de los adultos transmite la sensación de ser más madura de lo que en realidad es.

Además, es capaz de ver cosas que el resto de la sociedad ignora. Pequeños destellos de otras realidades que ignora si existen de verdad o son fruto de su imaginación. Sin embargo, no le sucede solo a ella. 

Durante una de sus clases de pintura comparte un instante especial con su profesor, Kyu Hisakura, cuando ambos descubren durante una fracción de segundo a un ser diminuto junto a una maceta.

Es el punto de partida a un viaje conjunto en el que ambos se irán conociendo y tratarán de discernir si la suya es una relación capaz de perdurar en el tiempo. Todo mientras Yuko lidia con una situación familiar intrincada y Kyu se esfuerza por encontrar la chispa de felicidad que ilumine su camino.

Más que una historia de amor

Si llegas hasta la novela de Banana Yoshimoto atraída por lo sugerente del título y esperas hallar una historia romántica al uso, lamento decepcionarte. Entre las páginas de Primer amor no encontrarás romances tórridos, ni pasión. El amor está presente, pero más como el suave acompañamiento de un piano que como un bolero ardiente como ya no se componen.

Tampoco es un relato de amores prohibidos, por mucho que Yuko tenga catorce años y Kyu camine entre los veinticinco y los treinta años. Desde el principio queda claro que hay una línea que Kyu jamás se permitirá cruzar y el vínculo entre ambos crecerá desde el respeto, la comprensión y la calma.

¿Qué es, entonces, Primer amor? El relato de un fragmento puntual en la vida de una adolescente, con sus dosis de felicidad y de dolor, cuya trascendencia en su vida futura solo podremos llegar a imaginar.

«A medida que fuera cumpliendo años, tendría que cargar con el peso de mi propia vida, sin caer en los errores de papá, que se hacía un lío cuando trataba de pensar en cosas profundas, ni en los de mamá, que no tenía mucho más apoyo que los libros de autoayuda». 

Banana Yoshimoto explora sentimientos tan complejos como el miedo a crecer o el abandono. Yuko ha crecido con una madre un tanto inestable, capaz de abstraerse del mundo por completo durante períodos prolongados, y cada vez más alejada de un padre forzado a pasar largas temporadas en el extranjero por su trabajo. Esa herida, que la ha hecho madurar más deprisa pero sintiendo la nostalgia de los momentos felices de su niñez, la descubrimos también en Kyu, a quien la ausencia temporal de su madre siendo niño le dejó una huella indeleble.

El estilo

Leer Primer amor se asemeja a adentrarse en las páginas del diario de una adolescente. Tiene un tono introspectivo y delicado, como si la protagonista, en lugar de narrar su historia, volcara sus sentimientos más íntimos sobre el papel creyendo que nadie más los leerá. 

Yuko Izuka nos permite echar una ojeada a su mundo interior y también a lo que la rodea. Y lo hace con una combinación de madurez e inocencia que a menudo conviven en nuestro espíritu cuando dejamos atrás la niñez pero todavía no somos adultos funcionales. Ese tiempo en el que anhelamos crecer, ser libres para tomar nuestras propias decisiones y seguir nuestro camino y, a la vez, añoramos el tiempo en que los brazos protectores de nuestros padres nos consolaban cuando nos caíamos y nos tendían una mano para levantarnos. 

No te deja congelar la lectura

Cuando una novela te atrapa de verdad, los capítulos no son más que pequeñas pausas para coger aire entre sucesos y no una excusa para detenerse. Sin embargo, ¿qué ocurre si el libro que tienes entre las manos no posee ningún tipo de separación más que un mayor espacio entre dos párrafos?

Primer amor no tiene capítulos al uso, es una narración lineal que te apresa desde el comienzo y te impulsa a no querer soltarla. Y lo hace, como toda la obra, con la misma delicadeza de un bebé aferrando tu dedo con su minúscula mano. Sin grandes giros, sin escenas que te aceleran el pulso, como si fuéramos la hoja caída de un árbol que se deja arrullar por un suave viento otoñal.

Esta metáfora es mía, pero las que emplea Banana Yoshimoto en Primer amor son un gran ejemplo de su capacidad narrativa. No te muestra la historia, te hace sentirla.

«Cada vez que llegaba el momento de decirnos «Hasta pronto», me invadía una extraña desazón, como cuando, de niña, debía separarme de mi osito de peluche para ir a la guardería después de haber pasado toda la noche abrazada a él».

Portada de Primer amor, novela de Banana Yoshimoto

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