
¿Crees en el destino? ¿En que una acción común y rutinaria, como puede ser la de comprar un libro o acudir a una reunión de trabajo, te conduzca por un camino que ni siquiera habías contemplado tomar? Si es así, te recomiendo encarecidamente que te sumerjas entre las páginas de El Café de la Luna Llena, de Mai Mochizuki, porque aborda de una forma deliciosa la siempre intrigante cuestión del destino.
La trama
Cinco personajes, en etapas diferentes, con sueños y ambiciones distintas, se cruzan fruto del azar a lo largo de la historia. Mizuki Serikawa, una exprofesora y guionista de 40 años que atraviesa por un bache existencial; Akari Nakayama, la joven directora de una productora de televisión que rige su vida por unas normas demasiado estrictas; Satsuki Ayakawa, una actriz en el apogeo de su carrera salpicada por un escándalo de infidelidad; Takashi Mizumoto, un emprendedor en el mundo de la informática que parece tener un extraño idilio con los problemas tecnológicos y de comunicaciones; y Megumi Hayakawa, una peluquera de éxito que busca reencontrarse con la auténtica pasión en su trabajo.
Todos ellos acaban en El Café de la Luna Llena, un coqueto remolque que sirve unas bebidas y unos postres tan originales como insólitos. No solo por sus nombres e ingredientes, también por que los preparan un grupo de simpáticos mininos con nombres mitológicos. Este rincón solo aparece las noches de luna llena, nunca en el mismo lugar dos veces y siempre parece presentarse cuando una persona más lo necesita. La otra regla es que el cliente no pide, los gatos deciden por él y acompañarán su pedido de una charla sobre astrología que les abrirá la mente y cambiará el transcurso de sus vidas.
¿Por qué la historia llega?
Con una prosa ligera, y a la vez llena de reflexiones profundas, de la que te engancha en el primer párrafo del prólogo, Mai Mochizuki nos lleva al Kioto real, una ciudad vibrante y serena en la que se superpone un plano onírico, el del Café de la Luna Llena. Lo hace, sin embargo, de tal modo, que no parece fantasía. Asumes que los gatos hablan, son expertos en astrología y preparan unos postres exquisitos.
El relato comienza con un gato y la melodía de un piano. Y concluye de igual manera, cerrando el círculo. Al igual que en una sinfonía, cuyas notas se entrelazan de un modo armonioso aunque conste de partes diferentes, El Café de la Luna Llena también tiene un equilibrio musical y hasta los personajes secundarios encajan sin crear discordancias. El modo sutil en que juega con los sentidos, especialmente el oído y el gusto, te hace sentirte dentro de la historia.
La autora sabe jugar muy bien con la combinación de elementos occidentales, como la astrología, y la tradición japonesa. Los gatos, un símbolo de la buena suerte en Japón, son el hilo conductor de un relato que también nos cuenta la importancia del karma, otro concepto de origen oriental. Y es que conforme avancemos en la historia de los personajes veremos que el Café de la Luna Llena no es lo único que los vincula. Un acontecimiento de su pasado fue el origen de todo, donde un acto de nobleza y amabilidad —con gatos por el medio— acabó resonando en su futuro.
Y aquí viene la pregunta clave: Ese hecho, ¿los predestinó a encontrarse años más tarde sentados a la mesa de El Café de la Luna Llena? ¿O fueron quizá sus decisiones a lo largo de los años sucesivos los que llevaron a los mininos a intervenir para ayudarles a encauzar sus vidas? ¿Habrían aparecido igualmente de no haber tenido lugar aquel acontecimiento?
El mensaje de Mai Mochizuki
El Café de la Luna Llena es una reflexión sobre la vida misma al más puro estilo japonés: subrayando la importancia de poseer un buen corazón y ayudar a los demás. Nos transmite como una conversación en el entorno propicio y con la persona (o minino) adecuada tiene el poder de mejorar nuestras vidas o impulsarnos a hacer aquellos cambios que la enriquecerán. Es un viaje en el que los protagonistas se descubren a sí mismos desde un nuevo prisma, aprenden a aceptarse y a entender y validar sus emociones.
A los gatos hay que quererlos
No conocía a Mai Mochizuki, ni tampoco había oído hablar de El Café de la Luna Llena, pero un buen día lo encontré entre las estanterías de una librería y me lo llevé a casa. No había ningún gato en el pasillo que me hubiera conducido de la pata hasta él, solo los adorables mininos de una portada que enseguida captó mi atención. Sin embargo, en cuanto llegué a la última página y cerré el libro, me sentí como si uno de los gatos de la historia me hubieran guiado hasta él. Como si supieran que era justo lo que necesitaba leer.
Siempre me han encantado los gatos. En el pueblo, vienen a visitarnos a veces distintos mininos callejeros en busca de su ración diaria de comida o de algún mimo (los que se dejan acariciar, claro). Voy a empezar a pensar que quizá ellos tuvieron algo que ver en este encuentro casual con las obras de Mai Mochizuki…

Por cierto, un pequeño spoiler… Hay segunda parte: Un regalo en el Café de la Luna Llena.

Deja una respuesta